Punto y aparte.

Pensado en voz alta por Jorge on 5:51 pensamientos en voz alta. (1)

El inicio de algo nuevo siempre es algo difícil, y encontrar las palabras adecuadas para explicarlo, mucho más. Quizás otros sean capaces de prolongar en el espacio y el tiempo cinco letras que lo significan todo a la hora de hablar de un nacimiento, pero yo no soy otros, soy Jorge, y lo digo tan claro como el texto lo permita: Nuevo.

Con estas palabras comencé hace ya casi un año mis andanzas por este blog, y con ellas me despido. Pero no creáis que me pierdo en la inmensidad de la blogosfera, no. Símplemente, digamos que me mudo de casa.
Mi afición por la escritura promete ser incrementada a lo largo del verano, con la llegada del tiempo libre, y, como la miseria no trae más que miseria, he decidido renovarme. Un blog nuevo en el que sólo habrá espacio para relatos, un lugar donde afianzar mi imaginación para, con esfuerzo y -espero- algo de compañía, mejorar en este arte que tanto me admira.
Así, con la palabra nuevo, quiero también definiros "La pluma de Calipso", mi nuevo hogar y lugar al que estáis invitados.
Cerebros de Papel se quedará en un mero recuerdo con este mensaje como punto y aparte (no lo eliminaré, pero desaparecerá de mi perfil). Pero el punto y final espero no tener que ponerlo hasta dentro de muchos años. De momento, símplemente haciendo click en la imagen que encontraréis debajo de estas líneas, podéis visitar el nuevo blog.
Un saludo,
Jorge.

Diamantes de desdicha

Pensado en voz alta por Jorge on 11:55 pensamientos en voz alta. (3)

Hecho público el fallo del concurso al que lo presenté (aún a sabiendas de que no iba a ganar), decido compartirlo con vosotros.
Espero que, en los tiempos de crisis que corren, sepáis contemplar que la avaricia no es la solución a los problemas (mas el dinero es necesario, quiérase o no, y por desgracia de quien lo crease).
Un saludo.

Diamantes de desdicha

Estaba sola en el mundo desde los 15. Tiempo atrás habitaba en un orfanato del que, aún no viviendo tan mal como ella misma creía, escapó con el pensamiento de que, en otro caso, las rejas de las ventanas atraparían su futuro, y sus sueños de riqueza y poder quedarían frustrados para siempre. Había entrado a formar parte de aquel colegio a los tres meses y nunca fue adoptada. Nadie del exterior de aquel edificio en el que pasó los primeros años de su vida había reclamado jamás su afecto, y no existían indicios que aquello fuese a cambiar.
Thalie llevaba la vida más funesta y desdichada que nadie jamás podría haber imaginado. Vivía bajo un puente, entre montañas de periódicos, al cobijo de la fría piedra enmohecida quien sabe si por la humedad proveniente del cercano río o por las lágrimas que cada noche afloraban de sus ojos. La soledad, el hambre y la pobreza estaban consiguiendo ahogarla en un mar de tristeza y melancolía.
Inicialmente, el altruismo de algunos viandantes y la misericordia de otros pocos mantuvieron viva su frugalidad, pero a medida que su rostro iba quedando demacrado por la inanición, las dádivas aminoraban incesantemente, contribuyendo a una situación de degeneración corporal.


Repicaban las campanas de la iglesia en una tarde de infernal tormenta cuando un rayo hendió el cielo hasta caer en su imagen fluvial. Tras el relampagueo, una serie de insólitos e inexplicables hechos desencadenaron aquel suceso que discernió las dos partes de su vida. La sublime nube roja que había aparecido repentinamente sobre la superficie del río se deslizó suavemente hasta envolver el frío cuerpo de Thalie, quien notó que una breve lágrima rodaba por su mejilla y caía en dirección al suelo. Al contacto con el frío viento y como por arte de magia, la gota se tornó sólida, convirtiéndose en un precioso diamante de talla perfecta. Cuando inclinó la cabeza, Thalie logró distinguir su brillo entre todas las demás piedras aún siendo su tamaño el de la ínfima parte de una cabeza de alfiler. Thalie sonrió, y tras tomar conciencia del inusitado hecho, lloró de felicidad, formándose a sus pies un tapiz cristalino de valor incalculable, pero Thalie quería más, y la felicidad a la vez que el llanto se desvanecía con su afán de riqueza.


Thalie se volvió enormemente rica, pero lo que no consiguió matar una vida de soledad al abrigo del firmamento y un estómago ulcerado por la falta de alimentos, lo consiguió la avaricia de otra vida, una de riquezas y excesos. Su codicia llegó a tales extremos que, a falta de lágrimas de alegría y tristeza, Thalie comenzó a mutilarse para llorar de dolor. Sólo la noche en que los rojizos rayos del crepúsculo vespertino iluminaron el reguero de sangre que coloreaba el suelo marmóreo de su lujosa mansión augurándole una muerte próxima, se dio cuenta de que, aún habiendo sido el mayor de sus sueños, el dinero había sido, además, el causante de toda su desdicha.

C O L O R I Z E

Pensado en voz alta por Jorge on 10:55 pensamientos en voz alta. (2)


Si mi olfato no me engaña, las vacaciones andan cerca.
Hasta entonces, ruego que perdonéis mi escasez de tiempo para atender este luegar.

Forever young

Pensado en voz alta por Jorge on 7:02 pensamientos en voz alta. (3)

El rascacielos

Pensado en voz alta por Jorge on 4:12 pensamientos en voz alta. (9)

Me asomé a lo alto del rascacielos que construí para ti con la vanidad de un te quiero varado a la orilla de un mar de desconcierto, buscándote con la mirada empañada. Te encontré sola entre la muchedumbre, sentada encima mis sueños, aplastándolos contra el suelo con el peso de tu corazón. Yo te quería. Tú a mi no.
Y cuanto más te quería, más crecía aquél rascacielos. Me prometiste tocar juntos las estrellas, pero a medida que yo iba subiendo, mi campo de visión disminuía y tú te alejabas incumpliendo tus promesas. A penas eras ya un punto en la inmensidad de aquél mundo insustancial cuando decidí, bajo consenso de mi cordura y mi raciocinio, olvidarme de ti. Y te olvidé, y la torre descendió. Y entonces te volví a ver. Y el ascenso se repitió.
Te espero en el infinito.

Amores que matan

Pensado en voz alta por Jorge on 6:05 pensamientos en voz alta. (4)

Las cuentas ambarinas del collar que sujetaba se deslizaron entre sus famélicos dedos, cayendo al suelo sin a penas hacer ruido. Instantes después, sus fuerzas se quebraban con el soplo de la muerte.

Había estado siempre tan segura de su victoria que le había dejado toda la vida por delante, pero llegado el momento había querido ser ella misma quien segase su alma. Un golpe seco, rápido, sin sufrimiento.
Cincuenta y dos años antes, Carlota había conseguido robarle un gélido suspiro de aire corrompido por el contacto con su tráquea. Cincuenta y dos años estuvo viéndola (siempre desde distancias prudentes) desperdiciar su vida entre mortales, escuchando su rechazo hacia ella cada vez que, bajo órdenes supremas de la ley del libre albedrío, alguna de sus parcas se codeaba con su entorno. Y ahora, por fin, su nombre aparecía tachado en el libro de los muertos. No podía ofrecerle un hogar, pero le prometía viajes interminables por las praderas de la vida, caminando junto a ella sin miedo a su función.
Pero lo que la muerte no sabía era que, desde hacía más de cincuenta y dos años, la belleza viva del alma de la que se había enamorado ya estaba pactada con el diablo.

Las joyas de Masquerade

Pensado en voz alta por Jorge on 0:56 pensamientos en voz alta. (3)

Y aunque sabía que no volvería, él la dejó marchar…
Ollivier acariciaba las sábanas mientras inspiraba profundamente, inhalando los últimos vestigios de su presencia. El fuerte aroma a azahar que caracterizaba su persona se había ido disipando en el ambiente a medida que las agujas del reloj completaban su ciclo orbicular.
Uno de sus cabellos, rubio y sedoso, aún reposaba sobre la almohada, evidenciando su estancia en aquella habitación. Nada más darse cuenta, Ollivier lo recogió y lo guardó en el pequeño amuleto que llevaba colgado al cuello.

El corazón se le desbocaba y las lágrimas afloraban de sus ojos a medida que descendía por aquella escalinata marmórea que parecía ser eterna. Se paró en uno de los descansillos -aquél en que un busto de mirada perdida aguardaba al paso del tiempo con la indiferencia de una estatua de piedra- para quitarse los zapatos de tacón que tanto le molestaban en aquellos momentos. Continuó bajando descalza, rozando suave pero firmemente el suelo con las yemas de los dedos de sus famélicos pies. Cuando alcanzó la entrada del edificio, pudo ver en el espejo que decoraba la pared frontal u rostro ennegrecido por el rimel, a la par que recordaba la imagen que se había reflejado en ese mismo lugar la noche anterior. Volvió la cabeza en seguida y, tras secarse los ojos con un precioso pañuelo blanco bordado que perdió en el momento su color original, se colocó unas enormes gafas de sol que taparon su rostro demacrado por el llanto.
Entonces sus dedos protegidos por unos guantes de piel blancos aferraron el picaporte y tiraron de la puerta hacia el interior. Fuera, una mañana gris y fría reflejaba con acierto la imagen de su corazón.

Continuará…
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He decidido abandonar el proyecto de Nautilus Phi por contener la trama citas históricas que se me escapan de las manos. Quizás el día que mi cultura alcance a mi ignorancia retome la historia, ya que, a mi parecer, era bastante interesante. No me place para nada escribir un libro plagado de anacronismos cuya lectura resulte imposible a ojos de un historiador. También quiero pedir perdón por tener esto tan abandonado, pero el tiempo es oro y estamos en crisis.
Intentaré continuar con la historia de Elisabeth y Ollivier, la cual espero que os depare alguna sorpresa.

Un saludo,
Jorge.

Hay pocos anuncios buenos...

Pensado en voz alta por Jorge on 9:39 pensamientos en voz alta. (4)

pero este es uno de ellos

El dinero vuela

Pensado en voz alta por Jorge on 3:40 pensamientos en voz alta. (4)

Grulla de papel hecha con un billete de 50€ en una tarde de aburrimiento.

Nautilus φ - Prólogo

Pensado en voz alta por Jorge on 11:42 pensamientos en voz alta. (10)

Ni aún queriendo era fácil perderse por las estrechas callejuelas de aquel diminuto pueblo. Sus decenas de casas abandonadas con sus tejados desmoronados por el paso del tiempo hacían un gran esfuerzo por no derrumbarse, asidas entre ellas por grandes matas de yedra y enredadera.
Evander dio varias vueltas a la plazuela de adoquines que reflejaban la luz del crepúsculo vespertino mientras observaba una hoja de pergamino de aspecto ajado, en cuyo borde lucía un trozo de lacre rojo que antaño había sellado el documento.
Un ademán de satisfacción reveló rápidamente que había encontrado lo que buscaba.
Evander caminó con paso seguro hasta uno de los pilares que sujetaba la fachada del ayuntamiento y lo examinó con interés, pasando su mano por las espirales del capitel que intentaba imitar un modelo romano. Después continuó recorriendo en dirección al suelo la fría columna pétrea mientras el sol seguía ocultándose. Cuando llegó a la base se decidió a encender la pequeña linterna que llevaba colgada del cinturón, con la que apuntó a las verdes hojas de una planta que abrazaba a la basa impidiendo apreciarla por completo. Tras arrancarla, una pequeña hendidura con un grabado de la fi griega quedó a la luz de la linterna. Nada más percatarse de su hallazgo, Evander comprobó la figura con el pergamino, lo enrolló rápidamente y puso las ramas en su sitio, montó en el deportivo que, aparcado, lo aguardaba en el final de la plaza, y salió de allí tan rápido como pudo.

Continuará...