Hecho público el fallo del concurso al que lo presenté (aún a sabiendas de que no iba a ganar), decido compartirlo con vosotros.
Espero que, en los tiempos de crisis que corren, sepáis contemplar que la avaricia no es la solución a los problemas (mas el dinero es necesario, quiérase o no, y por desgracia de quien lo crease).
Un saludo.
Diamantes de desdichaEstaba sola en el mundo desde los 15. Tiempo atrás habitaba en un orfanato del que, aún no viviendo tan mal como ella misma creía, escapó con el pensamiento de que, en otro caso, las rejas de las ventanas atraparían su futuro, y sus sueños de riqueza y poder quedarían frustrados para siempre. Había entrado a formar parte de aquel colegio a los tres meses y nunca fue adoptada. Nadie del exterior de aquel edificio en el que pasó los primeros años de su vida había reclamado jamás su afecto, y no existían indicios que aquello fuese a cambiar.
Thalie llevaba la vida más funesta y desdichada que nadie jamás podría haber imaginado. Vivía bajo un puente, entre montañas de periódicos, al cobijo de la fría piedra enmohecida quien sabe si por la humedad proveniente del cercano río o por las lágrimas que cada noche afloraban de sus ojos. La soledad, el hambre y la pobreza estaban consiguiendo ahogarla en un mar de tristeza y melancolía.
Inicialmente, el altruismo de algunos viandantes y la misericordia de otros pocos mantuvieron viva su frugalidad, pero a medida que su rostro iba quedando demacrado por la inanición, las dádivas aminoraban incesantemente, contribuyendo a una situación de degeneración corporal.
Repicaban las campanas de la iglesia en una tarde de infernal tormenta cuando un rayo hendió el cielo hasta caer en su imagen fluvial. Tras el relampagueo, una serie de insólitos e inexplicables hechos desencadenaron aquel suceso que discernió las dos partes de su vida. La sublime nube roja que había aparecido repentinamente sobre la superficie del río se deslizó suavemente hasta envolver el frío cuerpo de Thalie, quien notó que una breve lágrima rodaba por su mejilla y caía en dirección al suelo. Al contacto con el frío viento y como por arte de magia, la gota se tornó sólida, convirtiéndose en un precioso diamante de talla perfecta. Cuando inclinó la cabeza, Thalie logró distinguir su brillo entre todas las demás piedras aún siendo su tamaño el de la ínfima parte de una cabeza de alfiler. Thalie sonrió, y tras tomar conciencia del inusitado hecho, lloró de felicidad, formándose a sus pies un tapiz cristalino de valor incalculable, pero Thalie quería más, y la felicidad a la vez que el llanto se desvanecía con su afán de riqueza.
Thalie se volvió enormemente rica, pero lo que no consiguió matar una vida de soledad al abrigo del firmamento y un estómago ulcerado por la falta de alimentos, lo consiguió la avaricia de otra vida, una de riquezas y excesos. Su codicia llegó a tales extremos que, a falta de lágrimas de alegría y tristeza, Thalie comenzó a mutilarse para llorar de dolor. Sólo la noche en que los rojizos rayos del crepúsculo vespertino iluminaron el reguero de sangre que coloreaba el suelo marmóreo de su lujosa mansión augurándole una muerte próxima, se dio cuenta de que, aún habiendo sido el mayor de sus sueños, el dinero había sido, además, el causante de toda su desdicha.